Voy a defender algo que a mucha gente le parecerá masoquismo: mi editor de texto favorito en Linux es vim, un programa cuyas raíces se remontan a los años setenta y ochenta (a través de su ancestro, vi), con fama de imposible de usar y protagonista del chiste más viejo de la informática —"¿cómo salgo de vim?"—. Y sin embargo, después de todos estos años y de todos los editores modernos y brillantes que han salido, sigo volviendo a él. Vale la pena explicar por qué, porque detrás de esa fama hay una lección sobre las herramientas. Es la pieza más personal de nuestra caja de herramientas.
Primero, la fama: sí, es difícil al principio
No voy a mentir: vim tiene una curva de aprendizaje brutal, y la razón es que es modal, algo que ningún editor normal es. En un editor común, escribes y las teclas ponen letras. En vim hay modos: un modo para insertar texto, otro (el modo "normal") donde las teclas no escriben sino que ejecutan comandos para moverte y manipular el texto, otro para seleccionar, otro para dar órdenes. Al principio es desconcertante —tecleas y no aparece nada, o pasan cosas raras— y de ahí el meme eterno de la gente atrapada sin saber salir (para el récord: se sale con :q, o :wq si quieres guardar). Los primeros días, vim se siente como pelear con el teclado.
Y luego, la revelación: la eficiencia
Pero pasada esa curva, ocurre algo. Resulta que ese modo "normal" donde las teclas son comandos es un lenguaje para editar texto, y una vez que lo hablas, editas a la velocidad del pensamiento, sin tocar el ratón ni las flechas. "Borra la palabra", "cambia lo que está entre comillas", "ve al final de la función", "repite eso diez veces": son pulsaciones cortas que combinas como frases. Tus manos nunca abandonan la fila central del teclado. Para quien edita texto y configuraciones todo el día, esa fluidez es adictiva, y volver a un editor donde hay que alcanzar el ratón se siente lento y torpe. La curva era el precio de entrada a una forma de trabajar radicalmente más eficiente.
La razón práctica: está en todas partes
Hay además un argumento nada romántico y muy poderoso: vi/vim está en prácticamente todos los sistemas tipo Unix del planeta. Cada servidor Linux, cada equipo de red que te da un shell, cada máquina remota a la que te conectas por SSH, casi seguro tiene vi disponible. Si aprendes vim, tienes un editor competente garantizado dondequiera que aterrices, sin instalar nada. Para quien administra servidores, eso no es un lujo: es una habilidad que rinde todos los días, en cualquier máquina. No dependes de que tu editor favorito esté instalado; llevas el editor en los dedos.
La lección detrás del editor
vim no es para todos, y no pasa nada: hay editores modernos excelentes, y para muchos casos son la elección correcta. La lección de fondo no es "usa vim", sino algo más amplio: a veces vale la pena pagar una curva de aprendizaje empinada por una herramienta que rinde durante décadas. En una industria obsesionada con lo nuevo, hay una sabiduría tranquila en dominar profundamente una herramienta duradera en lugar de saltar de novedad en novedad. vim tiene casi mi edad y sigue haciéndome más rápido cada día. Eso, en tecnología, es casi un milagro, y una pista de qué herramientas merecen tu inversión.