Hay una intuición tentadora y equivocada: "si un canal de 80 MHz es más rápido que uno de 40, pon 160 y vuela". En WiFi, ensanchar el canal es pedir prestado a un recurso finito, y en un entorno con varios APs, ese préstamo se paga con interferencia. Entender el espectro es entender por qué más MHz no siempre es más rápido.
Las tres bandas, en cristiano
- 2.4 GHz: alcanza lejos y atraviesa paredes, pero es angosta y está saturada (microondas, Bluetooth, el vecino). En la práctica solo tiene tres canales que no se traslapan (1, 6 y 11). Sirve para cobertura e IoT, no para capacidad.
- 5 GHz: el caballo de batalla. Muchos más canales, buena velocidad, alcance razonable. Parte de sus canales son DFS (deben ceder ante radares y pueden cortarse un momento).
- 6 GHz (WiFi 6E/7): espectro nuevo y limpio, con espacio de sobra para canales anchos. A cambio, alcanza menos y le cuesta más cada muro.
El ancho de canal: el trade-off que casi nadie explica
Un canal más ancho agrupa más espectro y sube la velocidad de un enlace aislado: 20, 40, 80, 160 MHz. Pero el espectro total no crece. Así que cada vez que duplicas el ancho, partes a la mitad el número de canales que no se pisan. En 5 GHz, con canales de 20 MHz tienes muchos para repartir entre APs vecinos; con 80 MHz te quedan poquísimos; con 160 MHz, prácticamente no puedes evitar que dos APs cercanos usen el mismo aire.
Y ahí aparece el enemigo silencioso: la interferencia co-canal. Cuando dos APs comparten canal, no colisionan sin más —se turnan, educadamente, para no pisarse—. El resultado es que la mitad del tiempo cada uno está esperando a que el otro termine. Ganaste ancho de banda por enlace y perdiste capacidad total.
En 2.4 GHz solo caben 3 canales sin traslape; en 5 GHz, cada vez que duplicas el ancho quedan menos canales para repartir entre APs.
La regla que va contra la intuición
En un despliegue con un solo AP (una casa, una oficina chica), canales anchos tienen sentido: nadie con quién chocar. En un despliegue denso (varios APs, muchos usuarios), casi siempre conviene lo contrario: canales de 20 o 40 MHz, para tener suficientes canales limpios que repartir y que los APs no se estorben. Es la misma lógica de por qué más APs mal planeados empeoran la cobertura: no es cuánto espectro le das a cada uno, es cuántos pueden trabajar sin turnarse. La banda de 6 GHz alivia esto porque trae canales anchos de sobra, pero solo para clientes que la soporten.
Un ejemplo: seis APs en un mismo piso
Imagina un piso de oficinas que necesita seis access points para dar capacidad. En 5 GHz, con canales de 20 MHz tienes de sobra para que los seis usen frecuencias distintas y ninguno se pise: cada celda trabaja en su propio aire. Si subes a 80 MHz buscando "más velocidad", te quedan tan pocos canales limpios que dos o tres de esos APs terminan compartiendo el mismo y, a partir de ahí, se turnan para hablar. El resultado paradójico: cada laptop podría ir más rápido en teoría, pero el conjunto rinde peor porque medio piso está esperando su turno. Más ancho por AP, menos capacidad total. El trade-off, hecho números.
Los canales DFS (los que a veces desaparecen)
Buena parte de los canales de 5 GHz son DFS: espectro compartido con radares (meteorológicos, militares, aeroportuarios). El WiFi puede usarlos, pero con una condición: si detecta un radar, debe desocupar el canal de inmediato, y los clientes que estaban ahí sufren un corte mientras el AP se mueve. Cerca de aeropuertos o costas, apoyarse fuerte en DFS puede traducirse en microcortes inexplicables. No hay que evitarlos por regla —dan mucho espectro útil—, pero sí saber que existen y por qué a veces "se cae solo" un canal que parecía perfecto.
La idea que se queda
El ancho de canal no es una perilla de "más = mejor": es un balance entre velocidad por enlace y número de celdas que pueden convivir. Elegirlo bien depende de cuántos APs y usuarios tengas —justo el problema de la alta densidad—, y es una decisión que se toma midiendo el entorno, no copiando el default. Una parada más del WiFi bien diseñado.